lunes, 27 de abril de 2026

La costa silente

No recuerdo si ese lugar de la costa tenía un nombre. De tenerlo nunca lo supe. Era una desolada extensión pétrea, de farallones desnudos que se alzaban como estatuas erosionadas por siglos de viento y olas, con esa gravedad silenciosa que solo los paisajes olvidados por los dioses suelen tener. Algunos decían que parecía un pedazo de luna que se hubiera caído a la Tierra, y yo, en mi juventud, no entendía del todo esa metáfora. Ahora, en mi vejez, creo comprenderla.
El mar allí no rugía ni bailaba. No tenía prisa. Apenas lamía la base del acantilado, como si tratara de no despertar algo dormido entre las rocas. Recuerdo mirar por la borda del barco y sentirme observado por las profundidades, no con amenaza, sino con una melancólica curiosidad, como si el abismo me reconociera de alguna vida anterior.
El fondo submarino se dejaba entrever con una nitidez inquietante: rocas verdiazules, salpicadas de manchas violetas, como flores sumergidas de un jardín imposible. El agua no parecía agua. Era cristal líquido, un espejo tembloroso que devolvía no nuestros rostros, sino versiones antiguas de nosotros mismos, más jóvenes, más verdaderas quizás. Una ondulación suave —un temblor azulado que no respondía al viento ni a la marea— recorría el lecho marino, como si algo allí abajo se moviese con una calma milenaria.
Fue allí donde se vio por última vez a Narel.
Narel, la estudiante de oceanografía, la de los ojos grises. Narel, la que hablaba a las corrientes y escuchaba a las olas. Decía que las mareas llevaban mensajes, que los remolinos eran discusiones entre los dioses del agua, y que los peces sabían más sobre el destino de los hombres que los propios astrólogos. Nos reíamos, claro. Yo el primero. Pero había una serenidad en su voz, una convicción suave y extraña que nos hacía callar sin darnos cuenta.
Llegamos a esa costa por accidente. El capitán había perdido el rumbo tras una tormenta que nos dejó medio desarbolados y con el timón averiado. Fue Narel quien divisó primero la línea pálida en el horizonte. Cuando echamos el ancla frente a los acantilados, el silencio nos envolvió como una niebla invisible. No había gaviotas, ni viento. Solo el rumor del mar.
Esa noche, Narel no durmió. Caminaba por la cubierta con una inquietud contenida, como si la hubiesen llamado por su nombre verdadero, ese que solo los dioses conocen. Al amanecer, descendió en una pequeña barca de remos y se perdió en dirección a una grieta en los farallones. No volvió. Ni rastro. Solo una brisa más cálida subiendo desde el agua, y el rumor de un canto que nadie supo descifrar.
Después de una semana de angustiosa búsqueda y espera, regresamos. Sin ella, claro. Nunca supimos qué le sucedió. Los viejos marinos dirían que tal vez la costa la aceptó, y que la convirtió en espuma o en piedra.
No volví a aquel lugar, aunque muchos años más tarde, cuando tuve un velero propio y libertad para vagar, lo busqué varias veces. Nunca lo encontré. Ni un indicio, ni una costa siquiera parecida. Como si hubiese desaparecido, como si nunca hubiera existido.
Y, sin embargo, en algunas noches tranquilas, en mi casa en la costa de Cornwall, en esas raras ocasiones cuando el mar calla y el viento duerme, la imagen regresa con tal claridad que me despierto sintiendo la brisa salobre en la cara, y el reflejo de aquella agua extraña bailando bajo mis párpados cerrados. Y entonces me parece oírla —a Narel—, cantando suavemente desde las profundidades, como si me llamara por mi nombre de joven, aquel que ya nadie pronuncia, pero que ella, de algún modo, aún recuerda.
Y, por un instante, todo vuelve a ser como entonces. La costa como la vimos. El mar inmóvil. El temblor azul del fondo. Y Narel, remando hacia la grieta. Sin mirar atrás…

Jenofonte

sábado, 24 de mayo de 2014

Tarde de cine

Voy poco al cine, muy poco en realidad, a decir verdad ni siquiera una vez al año. Pero ayer fui, llevé a mis nietos y a un par de sus amigos a ver una película. Bueno, la elegida (por ellos) fue "Godzilla" (2014)
¿Cuantos años tenía cuando conocí a Godzilla? creo que unos diez. Salí del cine impresionado, en estado de efervescencia, el monstruo, su fuerza, su aparente invulnerabilidad, y la lucha final para vencerlo finalmente. La verdad es que todavía recuerdo algunas escenas, así salíamos del cine, con la película grabada en la memoria.
Cuarenta años después vi un remake. Diferente, por supuesto, la tecnología moderna permitió mejorar los escenarios de cartón y el animal funcionaba mecánica, electrónica y computacionalmente, es decir en forma más natural que la de los rígidos monstruos de antaño.  ¿El argumento? No lo recuerdo mucho, pero es lo de siempre, un monstruo aparece, destruye y, al final, es destruido. De todos modos me entretuvo, además la sola presencia de Jean Reno significó para mi un punto a favor, honestamente.
Pero esta nueva versión me dejó asombrado, realmente asombrado. Salí del cine preguntándome como es posible que se haga una película tan mala. El esquema de la trama es el mismo, un monstruo aparece, destruye y, al final, es destruido ¡momento, hay algo nuevo! los monstruos son dos, nuevos, y el hombre no es capaz de destruirlos, como antes, pero ahora aparece Godzilla, el destructor de antes convertido ahora en salvador de la humanidad.
Ya, está bien, después de todo solo es una película, vamos, pero ¿la evolución humanidad se ha detenido? ¿ya nadie es capaz de escribir un argumento nuevo o por lo menos mejor? Es una pena que las películas de matiné sigan basándose en la destrucción para entretener, que la esencia del cine esté en ver como los edificios caen sobre las personas, ahora, claro que sí, en Tercera Dimensión.
Cualquiera podría pensar que juzgo la película desde el punto de vista de la gente mayor, que ya no traga monstruos ni estadounidenses salvando al mundo, pero la verdad es que los niños, para quienes un monstruo masticando un puente o un edificio aplastando gente es lo máximo, salieron decepcionados, ni su infantil inocencia les permitió tragarse a este moderno Godzilla. 
Bueno, como pueden ver, yo tampoco, pero yo no estaba obligado, después de todo mi deber era solo llevarlos al cine, y eso, yo lo cumplí. 
Creo que ahora quieren ir a ver "Noé". No, por favor, un arca made in USA no, ya fui al cine este año, esperen al próximo si quieren que los lleve de nuevo, ¿Como saben si no habrá una nueva versión de "King Kong"?

domingo, 25 de agosto de 2013

El avispero sirio

Los EE.UU. están evaluando la posibilidad de una intervención militar en Siria (conjuntamente con el Reino Unido y Francia) como respuesta al supuesto uso por parte del gobierno sirio, de armas químicas (todavía en calidad de supuesto, presunto, posible...).
Muy bien, ¿y que pasaría si después resulta que las armas químicas son como las de "destrucción masiva" iraquíes? ¿pedirán disculpas?
Ahora, después de la intervención y, supongo la eliminación del régimen de al-Assad (¿lo juzgarán también), ¿a quiénes entregarán el poder? ¿A la Coalición Nacional, que más que coalición es un collage mal pegado de etnias, culturas y grupos religiosos peor avenidos? Y una vez que, supongo, la Coalición esté en el poder, ¿Qué esperan hacer, Alá los ampare, con el Grupo Patriótico Sirio, Al-Nusra y el Concejo Nacional Kurdo, que tienen sus propios intereses, y muy distintos por cierto?
Viendo las noticias, desde nuestra perspectiva occidental, es muy fácil estremecerse, horrorizarse, lamentar y compadecer. Es muy fácil decir: "Rechazamos la violencia" o "Alguien debiera hacer algo", pero "rechazar" no aporta nada y si podemos imaginar quién debiera ser ese "alguien" estoy seguro que nadie sabe en que debiera consistir ese "algo" y si estamos dispuestos a pagar el costo de solucionar el problema de los sirios habiendo tantos problemas en casa (por mucho que nos conmuevan las muertes).
Si simplificamos las cosas todo está claro, los "buenos" pelean contra los "malos", pero ¿son así de simples las cosas? ¿podemos determinar desde lejos quién es el que tiene la razón, quién merece ganar, quién merece perder y que hay que hacer con los perdedores?.

No es tan sencillo, el conflicto sirio tiene sus raíces hundidas en las profundidades de la historia y sus ramas abiertas a todos los conflictos humanos. Es difícil para nosotros captar en toda su dimensión lo que significa ser chiita, sunita o alauita y las relaciones y conflictos que entre ellos se generan ¿qué tan placentero es ser minoría alauita entre una mayoría chiita? ¿o ser cristiano en medio de una mayoría musulmana? ¿que siente un kurdo, avasallado durante siglos por todos sus vecinos? Yo digo que no podemos juzgar, o sí, podemos juzgar, pero de manera parcial, prejuiciosa e ignorante, no por culpa nuestra, por cierto, sino porque se trata de un mundo que no conocemos.
No creo que sea tan difícil entrar en Siria, lo que no entiendo es como esperan salir después, porque viendo los resultados de anteriores intervenciones en otros sitios no veo por donde puede resultar algo positivo.

Por último, me quedan flotando en el aire algunas de preguntas tontas:
1. ¿Por qué 50 niños muertos por un gas neurotóxico ameritan una intervención, pero no lo hacen 50 niños destrozados por granadas explosivas? ¿Es porque el gas no es "humanitario" y las bombas sí lo son?
2. ¿Los sirios inventaron las armas químicas? ¿También las fabrican y las exportan?

El problema es que no es bueno hacer preguntas si no nos van a gustar las respuestas, por esta podría encontrarse en las palabras de Plauto: Lobo es el hombre para el hombre.

Jenofonte

viernes, 19 de julio de 2013

Aniversario


Hoy hace dos años (19 de julio de 2011) que iniciamos este foro de debate.
Ha sido objeto de 11.763 entradas, principalmente de los siguientes países:

España                    7.522
Chile                       1.654
EE UU                    1.535
Francia                      405
Rusia                         236
Alemania                  120
Argentina                   57
Colombia                   50
México                       40
Rep. Dominicana       12



Creo que es momento de agradecer a todos los que, de una u otra forma, participáis en este foro haciendo de él un espacio donde se dan cita pensamientos de gran nivel cultural y opiniones interesantes, razonadas, ponderadas y honestas.
Habéis creado una especie de “microclima intelectual”, no fácil de obtener y que, creo, merece la pena mantener a salvo de tanta frivolidad, mediocridad e intereses espurios que pululan por la red.

Gracias, Fany, Romero, Julia, Jenofonte, Rogelio, Tono, Carlo, Caleidoscopio, Calotipo, Pepe Herrera, Raúl Cordero, elrisco, Calima, Iris, José María, jmdelatorre, Fernando, Cronos, ...y algún anónimo (quizás se me pase alguno). Este es vuestro espacio.

Un abrazo individualizado.

Luis Vázquez

jueves, 18 de julio de 2013

¡Despierta, Lutero!

Hacía mucho tiempo que no veía la palabra Indulgencia, supe, más o menos, de que se trataba, cuando estaba por allá, hace mucho tiempo, en los caminos del Catecismo. Luego volvió a aparecer mientras estudiaba la historia de la Reforma, como una de las causas primeras del disgusto de muchos frente a la manera de como Roma conseguía los recursos para sus monumentales obras.

La doctrina de las indulgencias forma parte de la teología católica en lo referente al pecado, la penitencia y el perdón.
Se trata de que si bien mediante el Sacramento de la Reconciliación (antes llamada Confesión) los pecados son perdonados, este perdón no significa que la cuenta haya quedado saldada completamente, se debe primero cumplir una "penitencia" y, después el alma del pecador debe cumplir una especie de condena en el Purgatorio, dónde, en base al tiempo de permanencia, "purgue" definitivamente sus pecados y logre el paso libre al cielo (o paraíso, si se quiere).

Una indulgencia (benevolencia, favor) permite al que la recibe disminuir su estadía en el Purgatorio, es decir, acortar el tiempo. Algo bueno, si los pecados han sido muchos.
Las indulgencias se pueden conseguir de diferentes maneras, por ejemplo haciendo una peregrinación a un Santuario, cumpliendo con rezos sistemáticos, observando algunas conductas piadosas. Hasta ahí todo bien, porque estas actividades tienen implícito el propósito del pecador de hacer algo consecuente con lo que dice creer.

En algún momento, a algún ingenioso se le ocurrió la idea de conceder indulgencias a cambio de un donativo. El negocio funcionó, es decir que había gente dispuesta a pagar para rebajar su estadía en el Purgatorio (cuya incomodidad era convenientemente condimentada por el vendedor). Bien estimulada con buenos y convincentes sermones, el dinero comenzó a entrar en las arcas, lo que permitió, por un lado construir magníficas basílicas y por otro, que los príncipes de la iglesia pudieran llevar una vida de lujo y libre de preocupaciones monetarias.
Lo malo es que sucedió lo de siempre, dinero llama dinero, nunca es suficiente, y comenzaron a utilizarse revolucionarias técnicas de mercadotecnia para aumentar las ventas, ahora podía incluso comprarse indulgencias por pecados por cometer, es decir, pagando por adelantado. Esto tuvo tamaño éxito, el dinero entraba. Pero al final le costó a Roma una revolución, la Reforma, que le quitó de las manos la mitad del mundo que creía tener absolutamente dominado.
El Concilio de Trento puso fin (algo tarde pero nunca demasiado) a la venta de indulgencias, y estas continuaron formando parte de la teología católica pero ahora de manera muy suave, es decir de nuevo entregada a cambio de actos piadosos.

Pero hoy he leído una noticia que me llenó de sorpresa: El Vaticano anunció el miércoles mediante un decreto del Tribunal de la Penitencia que el Papa concedería indulgencias plenarias a sus seguidores en Twitter.
Si bien el presidente del Consejo Pontificio se ha apresurado a aclarar que para ganar las indulgencias los fieles deben estar "arrepentidos y contritos" de sus faltas, deja también claro que se debe ser "seguidor" de la cuenta de Twitter del Papa.
No hay pago monetario de por medio, eso sí, pero el tener una cuenta de Twitter ¿no implica una especie de pago?
Me da mala espina todo esto, porque creo que está abriendo las puertas a toda una gama de posibilidades.
Yo entiendo esto de la culpa y el perdón. Si alguien me hace daño y después me pide perdón, mostrando arrepentimiento y buscando compensar el daño causado, ya sea mediante acciones reparatorias y/o cambiando de conducta, ya veré si lo perdono, eso dependerá de mi manera de ver las cosas. Pero no creo que esté dispuesto a perdonar a alguien bajo su promesa de seguirme en Twitter, porque lo vería ridículo, no habría proporción entre la falta y la reparación. Sería demasiado fácil para el ofensor hacerse perdonar mediante tan miserable subterfugio.
Pero hay alguien en el Vaticano que no piensa lo mismo, y ahora propone vender indulgencias a cambio de un "clic". Hace tiempo que Roma se está buscando una nueva Reforma, no vaya a resultar que un día de estos aparezca un nuevo Lutero.

domingo, 7 de julio de 2013

La devaluación de lo íntimo

 
  Lo íntimo se pierde cuando se expone a la mirada de los otros.Vemos en la TV y otros medios informativos y de comunicación, la exhibición de aspectos de la vida íntima de las personas, presentados como espectáculo. Programas de gran audiencia que desnaturalizan el concepto de intimidad, al hacerla pública e intrascendente y, lo que es peor, al mercantilizarla.

El terreno de lo íntimo se ha restringido tanto, que podría decirse que no existe como valor social ético y moral. Se toma como propiedad privada y, como tal, puede exponerse a la curiosidad de los demás, bien por interés material, o bien por exhibicionismo, o porque ha perdido su carácter íntimo al haberse hecho público repetidamente a través de los medios y las redes sociales.

El ciudadano relaja su guardia, impotente, pensando que su intimidad ya no le pertenece en exclusiva, o ya no es el dueño absoluto de ella. Está convencido de que el "gran hermano" espía nuestras vidas y que nuestra intimidad está registrada en los archivos del Poder y al alcance de muchos en las redes sociales y en los buscadores de Internet. Ha perdido valor para él mismo.No le importa mostrarla porque ha perdido la conciencia de lo que debe permanecer apartado de la mirada de los demás. La banalización de lo íntimo ha abierto las puertas al exhibicionismo y a la mercantilización de las emociones.Se ha pasado de un exagerado secretismo a un burdo destape emocional.

He oído alguna opinión sobre lo beneficioso que puede ser para sensibilizar a la sociedad respecto a cuestiones íntimas y cómo se abordan, o se lucha para superarlas, como en el caso de una enfermedad o una situación familiar difícil.Mostrarlas, sin morbo, puede generar empatía y generosidad, porque al conocer parte de la intimidad de una persona, nos acerca y sensibiliza. Pero creo que esto son excepciones.

Vender la intimidad, o utilizarla, como hacen los políticos, para convertirla en votos,degrada la ética de la sociedad y pervierte el concepto de lo íntimo.

Saludos a todos.


martes, 11 de junio de 2013

AIRE, LUZ, FLOR Y TIEMPO

                                                         Editado por Julia


La pequeña María toma las manos de su madre —grandes, enrojecidas, estriadas, con los dedos gruesos y las uñas rotas— y hace que rodeen su carita sin sentir que raspan sus mejillas. Es aire, luz y flor quien la acaricia por breves momentos porque son manos demasiado ocupadas. Y a ella, cada día, le hubiera gustado ser camisa para planchar o suelo y plato que fregar.

      Pasa el tiempo, la silueta de la niña se redondea y sus senos se llenan mientras la espalda de la madre se curva y su piel se arruga.

      El calendario se retuerce en una espiral que se percibe como una línea. Otra pequeña María toma las manos de su madre —grandes, blancas, suaves, con largos dedos y uñas cuidadas— y hace que aire, luz y flor rodeen su rostro por breves momentos porque son manos demasiado ocupadas. Y a ella, cada día, le hubiera gustado ser enfermedad que diagnosticar o enfermo que sanar.

 




martes, 5 de febrero de 2013

La seducción


Editada por Julia

Hace algún tiempo un amigo me pregunto por qué las mujeres considerábamos seductores a algunos hombres feos de solemnidad. Y me quedé pensando...

Todos hemos conocido a personas seductoras —hombres y mujeres— por las que nos hemos sentido atraídos y fascinados. Pero Qué es la seducción? Son trampas, trucos que se utilizan? Existe de forma natural o es adquirida? Cuáles son sus características? De qué depende?

LA SEDUCCION DESDE MI PUNTO DE VISTA

Todos nacemos seductores. Nada hay màs atrayente que un cachorro o un bebé. Necesitan nacer así para que los cuiden y alimenten; sin embargo, puede crecer con los anos o quedarse de forma embrionaria, dependerá de nosotros y de nuestras circunstancias personales una u otra realidad.
El ser humano aprende en la medida en que a lo largo de su vida obtiene beneficios (materiales, espirituales o emocionales) por sus comportamientos. La seducción no escapa a esta premisa.
Si las primeras piruetas persuasivas acaban en victoria, mejoraremos nuestro arte de seducción; si nos rodeamos de personas seductoras, aprenderemos de ellas y nos ensenaran que en nuestro interior también se esconde un seductor/a.
Las cualidades del auténtico seductor son: inteligencia, naturalidad, generosidad y valor.
Dominan los juegos de coquetería y esa sabiduría les hace desarrollar habilidades sociales que desembocan en una capacidad asombrosa para reconocer los deseos de los otros, sus inquietudes y sus turbaciones.
Es un juego que nace desde dentro. No se piensa, fluye. Es espontáneo, encantador, motivador, atrayente y auténtico.
Cuando estas ante un seductor/a, notas que no hace esfuerzo para hacerte sentir bien. Disfrutáis juntos y te hace creer que eres la persona más fascinante del Universo.
 Es espléndido en los afectos, desprendido con su sensibilidad y despilfarra delicadeza. Es un manirroto al invitar al banquete de las emociones positivas. Jamás hace daño, te llevará a un sentimiento o de un sentimiento a otro (amor, amistad, amor-amistad) sin huir, diciéndote de forma clara los suyos y dejándote la facultad de seguir o alejarte. Un seductor/a es valiente.
Dominan el gesto y la palabra; saben utilizar los silencios, la voz, la entonación, donde poner el acento y cuándo hacer una pausa. Valoran los susurros cercanos y saben mirarte a los ojos. Posan su mano en tu cuerpo y la sientes como algo natural. La fascinación requiere lentitud, suavidad, proximidad precisa, mirada cautivadora, sonrisa confiada y abrazos exquisitos: ni blandos ni amedrantadores. En definitiva, un lenguaje verbal y gestual poderoso.
Pero muchos de los que aparentan ser seductores, son imitadores (de ahí parte de la "mala prensa" de la seducción). Dominan el arte de la seducción en su faceta externa, no en su esencia. Los llamo los seductores estrategas. Son egoístas, no les interesan los seducidos sino el logro de sus fines. Su objetivo no es compartir bienestar sino conseguir resultados en su beneficio. No les importa el dolor (material o emocional) que puedan ocasionar en los seducidos. Sus maneras, aparentemente naturales, no serán más que engaños aprendidos y practicados. Conocen que, antes o después, serán descubiertos, por ello es difícil que confíen y tengan una relación profunda
Y qué hace que personas inteligentes, bondadosas y sensibles en otros campos no lleguen a ser seductores/as integrales?: los prejuicios, el miedo, la vanidad, el conformismo con una satisfacción básica vital y con una felicidad de bajo alcance pero que les proporciona emociones sin arriesgar nada.

Y vosotros, ¿qué opinión tenéis de la seducción?

viernes, 31 de agosto de 2012

TOLERANCIA


Tolerar es consentir que algo ocurra y que no sea punible, aunque no estemos de acuerdo con ello. Es reconocer a cada individuo la libertad de pensamiento y el derecho a la palabra para expresarlo y defenderlo.
Ahora bien, opino que:

**Eso no implica aceptación, por parte de los demás, de lo que piensa,  dice o hace alguien. Tolerar no es aceptar.
**Tampoco la tolerancia  significa que todas las ideas y sus símbolos sean igualmente nobles y éticos desde el punto de vista civilizado, democrático y humano.
Por lo tanto:
**Se puede ser tolerante y crítico al mismo tiempo. Tolerar que cada cual se exprese, sin renunciar al debate, ni a rebatir ideas que no consideramos justas, sin poner por eso mordazas –legales o de otro tipo-- a quienes no piensan como nosotros.
** La tolerancia solo es un “no a la represión” y el reconocimiento de un derecho.
Y, sin embargo, hay hechos intolerables. La tolerancia tiene unos límites.

***¿Cuáles son  esos límites?
***Más que tolerantes a ultranza, ¿no tendríamos que aprender  a practicar la intolerancia sin eliminar al contrario?

Saludos



miércoles, 18 de abril de 2012

Sobre la libertad y la decencia

Editado por Julia.


No escribo para todo el mundo. Escribo para la gente que no encaja en él” Jonathan Franzen (Chicago, 1959)


Cuando se preguntaba a los vecinos de Hestweed sobre James, todos respondían que era un espíritu libre. Capaz de abuchear en la calle al mismo alcalde –si creía, lo merecía- aunque ello le costara el silencio administrativo durante años en la petición de una licencia de construcción.
Si tenemos en cuenta su forma de vida, nosotros también le pondríamos el adjetivo. No se había casado porque no creía en un contrato mercantil –que era como él llamaba al matrimonio-, trabajaba de abogado y, como tal, no se plegaba ni a jueces ni a sobornos. Sus hijos fueron educados en su casa, con una profesora tan libre como él. No obstante, los llevaba dia a día a jugar a un jardín cercano con otros niños para que se socializasen.
Sí, podría decirse de él que era libre. Libre para engañar a su pareja con las mujeres de un burdel cercano, porque hacerlo no era un acto punible, sino uno natural de acuerdo con la biología del hombre; hacerlo con la profesora –de la que creía estar enamorado-, sería una deslealtad para la madre de sus hijos, mujer a la que respetaba profundamente por haberlo seguido sin condiciones en su vida de libertad.
James era un hombre justo en su libertad. Decidió no defender a un presunto violador múltiple que fue condenado a muerte por un tribunal igualmente justo y libre. Dos años después, las pruebas irrefutables lo designaron como inocente- James obligó al Estado a dar una cuantiosa gratificación a su viuda. Ella lo escupió y James pensó que había malgastado el tiempo en una desagradecida.
Cualquier acto de su vida podría considerarse libre: votar por el partido que creía necesitaba  la nación, oponerse a no importa qué político que creía corrompido o abogar por mayores fondos públicos para una ONG que intentaba eliminar el hambre de Somalia.
Supo que no era libre cuando su pareja se suicidó, sus hijos, ya mayores, le hicieron saber la tristeza de su infancia. Sin lapiceros de colores ni cuadernos estrenados con los cuadernos del resto de los niños, sin un padre que no hiciera más que enseñarlos de Historia, Política o de cómo ser libres, en lugar de mancharse con barro en partidos de fútbol, con una profesora que le llamó egoísta  antes de darle una bofetada por la muerte de su esposa, con un partido político que se rió en sus narices en el caso de corrupción que salió a la luz pública y a los que él se apresuró a pedir explicaciones y cuando el director de la ONG estaba desparecido con el dinero recaudado.
A pesar de todo, siguió queriendo seguir su trayectoria y puso rumbo al Amazonas donde los nativos, no contaminados por una sociedad moderna, no comprendieron su actitud y lo mataron. Habría que perdonarlos -pensó momentos antes de ser asesinado-. No tenían la inteligencia suficiente para poder ser libres.

viernes, 13 de enero de 2012

Comunicación vía Internet ¿maravilla o riesgo?

Es evidente que en los dos últimos siglos las comunicaciones han tenido una evolución espectacular. El vapor, moviendo al ferrocarril por tierra y a los barcos en el mar, lograron reducir el tiempo de viaje de la correspondencia a niveles imposibles hasta ese momento. Posteriormente el telégrafo hizo las comunicaciones más rápidas todavía. En su novela Miguel Strogoff, Julio Verne ilustró, mediante sus personajes Blunt y Lolivet, como las noticias podían ser enviadas a los periódicos directamente desde el lugar de los hechos, siendo su recepción casi inmediata.
El avión, de uso generalizado desde principios del siglo XX es solo una mejora, sustancial en cuanto al tiempo, pero no diferente de los que significó el ferrocarril.
Pero es con la llegada de Internet que las comunicaciones se masificaron de una forma impredecible, nadie, ni sus creadores, ni el más imaginativo de los autores de Ciencia Ficción imaginó el crecimiento que tendría.
En un comienzo la comunicación via red interconectada estaba destinada al ámbito científico, pensada para que los estudiosos pudieran compartir textos y publicar
información acerca de sus trabajos.
Actualmente, después de una violenta evolución, la comunicación instantánea quedó al alcance de cualquier presona con acceso a un computador.
¿Qué tiene de bueno esto?, de partida la posibilidad de comunicarse con cualquier persona en cualquier parte del mundo, con la posibilidad también de recibir una respuesta de manera inmediata. Esta es la gran ventaja, siendo una adicional el que de cada mensaje enviado queda constancia, es decir que se puede demostrar que se envió un determinado mensaje.
Hay algunos problemas asociados a la facilidad con que se puede enviar mensajes a usuarios múltiples, es decir que de un mensaje se puede enviar copias a un indeterminado número de destinatarios. El problema es que cualquier persona puede enviar uno o más mensajes a un gran número de personas, es decir que es el sueño de los medios propagandísticos, publicidad masiva. Esto puede llegar a ser molesto, cuando el 99% de los mensajes publicitarios que nos llega no nos interesa.
Otro gran problema, tal vez el más grande, es el del anonimato, es decir que detrás de un correo electrónico puede existir una persona o una entidad que decide no declarar su identidad o presentar una identidad falsa con propósitos que pueden ir desde un simple y patológico deseo de molestar a otros hasta la clara intención de provocar un daño, aprovecharse de alguien o simplemente cometer un delito.
Se habla entonces de la vulnerabilidad del sistema, presentando como una gran desventaja el que una persona pueda presentar una identidad falsa y con eso pueda entonces engañar a otra.
Pero yo creo que ese riesgo existe desde que existe la correspondencia. En un intercambio epistolar entre dos personas que no tienen la posibilidad de conocerse personalmente, siempre existió la posibilidad de mentir y engañar presentando una imagen falsa (como en la película El bazar de las sorpresas), por lo que el problema no es propio de la comunicación vía Internet. Lo que si es cierto es que, siendo la Internet tan masiva, el número de mentirosos en acción puede ser muy alto.
Estimo que las ventajas de la comunicación vía Internet son tan grandes que ni siquiera una cierta proporción de mal uso puede ni de cerca desvirtuarla. La posibilidad de comunicarse, rapidamente, con personas que viven en las antípodas, es absolutamente maravillosa. La posibilidad de ser engañados es real, pero la posibilidad de ser engañados no existe solamente en la comunicación vía Internet, sino potencialmente en cualquier medio de comunicación, incluso en el cara a cara, por lo que negarnos el acceso a este medio tecnológico moderno solo por temor a ser engañados de alguna forma, no corresponde, no es razonable.
Opino que la comunicación vía Internet a través del correo electrónico es algo fantástico y que los defectos que puede tener son, inevitablemente, los de la humana condición. La comunicación vía Internet ya se adueñó de nuestras vidas y solo nos queda vivir de acuerdo con eso. Aunque los mentirosos existan creo que, de todos modos, las personas razonablemente sinceras siempre serán la gran mayoría.

sábado, 17 de diciembre de 2011

El amor

Editado por Julia
Siempre existe en el mundo una persona que espera a otra, ya sea en el medio del desierto o en medio de una gran ciudad. Y cuando estas personas se cruzan y sus ojos se encuentran, todo el pasado y todo el futuro pierden completamente su importancia y solo existe aquel momento.
De “El Alquimista” de Paulo Coelho
La definición correcta de amor asegura que éste es un conjunto de sentimientos que se manifiestan entre los individuos capaces de desarrollar emotividad. Una definición correcta y aséptica.
Una vez que lo hemos definido, trataré de clasificarlo Hay amor dramático, prohibido, romántico, platónico, fraternal, carnal, interesado, adolescente, maternal…¡tantos! ¿Pero todos se pueden llamar amor? No lo creo, el amor es único aunque con distintas manifestaciones. Es imprevisible, puede darse a cualquier edad; hechicero, por mucha precaución que tengas, se valdrá de mil tretas para embrujarte; caprichoso como un niño consentido, te marca de quién debes enamorarte aunque la razón intente evitarlo; obsesivo, te hace rastrear al amado/a y seguir sus pasos.. El amor magnifica cualidades y minimiza defectos, es mentiroso, aleatorio y pérfido, ¿Por qué queremos tenerlo siempre a nuestro lado? ¿Es el amor siempre fugaz? ¿Lo que llamamos amor no es más que una maraña de sentimientos de corta duración que se desenreda siempre con el tiempo? ¿No existe el amor si no el deseo sexual? ¿Es algo más? ¿Hasta qué punto puede ser verdad la unión de las almas” Pero, ¿a qué llamamos amor?,¿puede decirse amar a los padres, a los hijos, a los amigos, a nuestro compañero, compañera? ¿Puede existir amor a nuestro perro, o gato, o canario?, ¿y el amor a nosotros mismos es sólo egoísmo?. El tema es mucho más vasto de lo que nos sugiere la primera impresión. Dice Platón que el cielo se mueve por amor ¿acaso Dante argumentaba como Platón, cuando decía que era el amor lo que movía el sol y las estrellas?. ¿Es lo mismo el amor a una persona que amar el trabajo o a la familia? ¿Y el amor a la justicia, a la ciencia, al arte?
Mis reflexiones sobre el amor os las pondré con un ejemplo que he vivido:


No se puede decir que mi tía, con 73 años, buscara el amor. Desde que su esposo falleció, tres años antes, la pena y los recuerdos la invadían. Sus hijos decidieron que el luto duraba demasiado y que debía poner algo de alegría en su vida y la presionaron para que hiciera un viaje con el Imserso acompañada de algunas amigas. En un baile del hotel donde se hospedaban, lo conoció. Fue, según ellos, amor a primera vista. Bailaron, rieron, hablaron y se hicieron cómplices. Hubo besos apasionados y caricias tiernas, frases de amor y tristeza al separarse; mucha tristeza.
Tampoco podría decirse que no luchara para “quitárselo de la cabeza”. Frases como “no es posible a nuestra edad”, “¿qué diría mi familia?” “no me llames más” “debe ser soledad y no amor”…llenaban sus conversaciones telefónicas. Pero el bribón del amor se colaba por cualquier sitio, establecía nudos en los lazos que se querían romper, se escondía en los sitios más insospechados haciéndole que lo recordara. Toda precaución fue inútil, el hombre del viaje del Imserso sacaba la cabeza a poco que se descuidase.
Y se casaron, ese fue el final. Con mohines de desaprobación de familiares y gestos de comprensión de otros. Nadie pensó que era amor; muchos de los segundos creyeron que era un ensayo para ahuyentar la soledad; los otros, locura directamente.
Cuando mi tía me dice que no puede ser más feliz, que a su edad encontró su “media naranja”, el amor de su vida, no un estupendo compañero de viaje como fue su primer marido —y me lo dice de forma que, sé, es sincera por los ojos y la sonrisa— la creo. Y los veo juntos y me lo creo; y los contemplo y no me cabe duda que si los demás se atrevieran a mirarlos sin prejuicios, la creerían. Actualmente, siguen enamorados.
¿Existe la “media naranja” como afirma mi tía? La creencia más popular es la vulgarización del mito platónico de los andróginos. Según este filósofo griego, los seres primordiales eran hermafroditas. Para debilitar su enorme potencial, los dioses los dividieron en dos entidades, originando así los sexos separados. Desde esta perspectiva, el impulso erótico proviene de la nostalgia de esa otra parte escindida de uno mismo. El amor podría definirse como la fuerza de atracción que impulsa a buscarse y fundirse en un único ser a esas dos almas que formaron una unidad primigenia.
Paulo Coelho sustenta esta idea cuando en su novela Brida, el Dr. Brian Weiss opina que la idea de un alma gemela única del sexo opuesto es un mito, como opina Fernando Sánchez Dragó. La terapeuta Mariat Bernabé, directora del Instituto de Formación en Terapia Regresiva, prefiere hablar de "compañeros de viaje" en ese gran recorrido que es la vida. Para ella, la idea de la pareja ideal o media naranja tan sólo es "la expresión de una anhelo humano de contener una totalidad que no halla en su interior".
Yo coincido con Platón en que el amor es el apetito de inmortalidad, y ¿cómo lo consigue? La respuesta no tiene grandes pretensiones moralizantes o metafísicas, sino que arranca por entero del proceso natural del amor físico. La naturaleza logra la perpetuación con la procreación y el instinto sexual. La procreación es el único camino de la naturaleza para perpetuarse, Platón sienta esta misma ley para la naturaleza espiritual: el anhelo de generación no se limita al cuerpo, sino que tiene su analogía en el alma. Y además la fecundidad del alma es muy superior a la del cuerpo, y se manifiesta, sobre todo, en obras de pensamiento, arte, poesía e inventos de toda especie. Las personas dotadas de esta fecundidad según el alma se prendan de lo bello —es el amor de un artista por su creación o por la contemplación o posesión de la belleza— y, ¿sería verdad que por amor, uno se esfuerza en conducir a persona, piedra, o idea hacia su máxima perfección, desarrollando todas sus posibilidades latentes?
Perdonad, tertulianos, si a este texto le falta coherencia o sus ideas están desordenadas… ¡estoy enamorada!
¡Felices fiestas a todos!
Julia

lunes, 5 de diciembre de 2011

FIDELIDAD

Siempre he oído hablar de la fidelidad como una virtud, como cualidad que honra a la persona, pero, a veces, se me hace confuso el concepto.

-En el terreno filosófico se habla de fidelidad a las ideas e ideologías , sean estas políticas, sociales o religiosas, y de fidelidad a uno mismo, a la conciencia y ética personales.

-En el terreno de las relaciones humanas, se habla de la fidelidad conyugal y hacia los amigos.

Pero... ¿Qué es la fidelidad?

Para iniciar el debate, formulo algunas preguntas –tal vez provocadoras-y algunas opiniones propias y otras comunes en nuestra sociedad.

-En el terreno filosófico: la fidelidad a ultranza,tomada como valor absoluto:
*** ¿No sería más bien inmovilismo?.
***¿No sería negar que el pensamiento y nuestra manera de ver la vida evoluciona?

Todos hemos oído hablar de “cambio de chaqueta”, o de “traición”, cuando uno rompe la fidelidad a las ideas que en otros momentos defendió.

-En las relaciones humanas : ¿Qué es la fidelidad conyugal?

*** ¿Es la exclusiva de relaciones sexuales mediante contrato indefinido?

Únicamente se habla de infidelidad conyugal cuando hay relaciones sexuales extramatrimoniales. Hasta el punto de que, si uno reprime su deseo hacia otra persona y no se llega a una relación íntima, se considera que la fidelidad está a salvo.
*** ¿No se podrían considerar infidelidad las fantasías sexuales, con una persona a la que se ama en secreto para evitar problemas dentro de la pareja?

*** ¿Por qué se es tan estricto en esta forma de entender la fidelidad como un amor exclusivo y excluyente?
Muchos matrimonios se han divorciado única y exclusivamente por esta causa. Cualquier desavenencia se tolera, excepto la llamada infidelidad.
Visto así, es una jaula en la que se encierran los sentimientos. Un corsé opresor de la naturaleza humana.O peor: la idea subyacente de posesión del otro. Se acepta la amistad, incluso una íntima amistad, fuera de la pareja pero el cuerpo tiene un dueño o dueña. ¿Por qué?

Opino que la fidelidad es una actitud, basada en los sentimiento , los vínculos que de ellos se derivan –no exclusivamente el sexual- y la determinación de compartir la vida con alguien –en el caso del matrimonio- o de determinados aspectos de la vida, en el caso de una amistad íntima.

Saludos

lunes, 21 de noviembre de 2011

Educación


Dicen todos los gobiernos, el nuevo también, que la educación es un servicio social intocable, prioritario, al que van a preservar de los recortes presupuestarios que impone la actual crisis económica..., pero ¿qué entienden por educación?
Cuando yo era pequeño, si alguien te decía “maleducado” no era solo una descalificación personal, era también una afrenta a tu entorno familiar. Uno se educaba en el seno familiar y a él se atribuía el mérito o demérito de tu comportamiento cívico. Cuando, ya de mayor, actuabas al margen de la conducta social que se esperaba, te calificaban de “ordinario”, “soez”, “impertinente” y otros apelativos similares, siempre atribuidos a tu mala educación juvenil.
Por eso, los padres y familiares más próximos procuraban enseñar a sus hijos los parámetros de conducta para vivir en sociedad; les iba en ello su amor propio. Sin embargo, no todos los padres sabían proporcionar modales apropiados, por lo que debían recurrir a personas instruida que lo hicieran en su nombre, los maestros. Era esta mutua colaboración consentida la que dotaba al niño de unas normas de comportamiento que le permitía conducirse correctamente por la senda de la convivencia.
Naturalmente, no siempre era posible esta correlación; la ignorancia o la desidia de los gestores populares, falta de principios paternos y el desenfoque escolar frustraron tradicionalmente la educación de muchos de los que nos precedieron. Y no es cierto que estos inconvenientes estuvieran necesariamente relacionados con la baja condición social; es, justamente, la mala educación de la gente poderosa la que ha originado y mantenido siempre la brecha maldita que sigue empozoñando la convivencia social.
Hoy, con el progreso, hemos adquirido la conciencia de que la educación no es un atributo que solo favorece al individuo, sino que es un pilar básico donde descansa el bienestar de la comunidad. Y los políticos se ha apresurado a tomarlo al pie de la letra y lo ha grabado definitivamente en el frontispicio del llamado “estado del bienestar” junto a la alimentación y la salud. Pero, en su afán de destacar su protagonismo, han confundido su esencia.

En primer lugar, amparándose en la imposibilidad, la incapacidad o el escepticismo de algunos padres, hurtan a la familia su papel de promotora de la educación, y, sin darse cuenta —o sí—, vuelven a caer en el adoctrinamiento —antes el “Ripalda” al ultranza y ahora la “Educación para la ciudadanía”— ,  diseñando un modelo de conducta que, en vez de atraer con el ejemplo, obligan a interiorizar una normativa rígida y protocolizada dirigida desde atalayas donde predomina el dogma y el sectarismo (¡ay!, si Giner de los Ríos levantara la cabeza). Da miedo pensar en una sociedad de individuos perfectamente adoctrinados en sus conductas; menos mal que, con la laxitud con que se conducen algunos maestros, el proyecto se convierte en puro formulismo: en muchas de las escuela, especialmente las públicas, los niños y adolescentes campan por sus respetos, mientras el grueso de los maestros o están ganados por la política o, frustrados, se pliegan en la indolencia dando su vocación por perdida.

En segundo lugar, confunden educación con instrucción. Educar, que como digo, significa encauzar comportamientos instintivos individuales para convivir en sociedad, incluye, sin duda, ciertos conocimientos y habilidades extras que ayudan a esa conducta (leer, escribir, conceptos básicos , operaciones sencillas, etc.) pero nada tiene que ver con instruir, que quiere decir enseñar determinados procedimientos para desempeñar una acción específica con un objetivo definido (casi siempre profesional). Si la educación está relacionada con la convivencia, la instrucción lo está con la capacidad de ejercicio, personal y exclusivo. Y es importante diferenciar ambos conceptos porque su gestión también debe ser distinta. El aprendizaje de la normas de convivencia (ética, moral) debe ser, como actualmente, dispensado por el colegio en estrecha colaboración con los padres y obligatorio y subvencionado por el Estado, pero la instrucción de un quehacer cualificado (oficio, carrera técnica o universitaria), aunque bajo el patrocinio estatal, debiera ser impartida por profesionales específicos, suficientemente “cualificados” y “experimentados”, dirigida por la demanda social y recibida por discentes que accedieron a su instrucción por méritos contrastados y que acreditan cada día, con su capacidad y su esfuerzo, la eficacia del coste de la inversión. Solo así se evitaría la masificación inútil de nuestras universidades con falsos alumnos sin interés, sin motivación, sin preparación, buscando solo el paso del tiempo en un “ambiente estudiantil” despilfarrando el dinero público. Naturalmente (se hace ya en determinados centros), la industria, la sanidad, el comercio, la propia educación e instrucción, la empresa en general, tiene la obligación de involucrarse en esa tarea colaborando estrechamente con la instrucción.

Por tanto, creo que una cosa es educar, comportarse en sociedad, que debe hacerse en los colegios con el patrocinio del Estado de forma universal y gratuita, y otra es instruir, que debe hacerse en las escuelas técnicas y universidades, pero de acceso limitado por la demanda social y de forma selectiva y meritoria; también sería de subvención pública pero en colaboración con el sector empresarial que aportaría experiencia y empleo.



sábado, 5 de noviembre de 2011

La dignidad de vivir

 La noticia corrió como la pólvora por el hospital «¡Al doctor G. le ha dado un infarto miocárdico estando de guardia!». Cirujano como yo, de mi mismo servicio quirúrgico, de cincuenta y pocos años, casado y con dos hijos. No deportista, ni fumador pero con diabetes de la madurez irregularmente controlada.
Impresiona verlo encamado en la UCI. Nada que ver con su porte elegante, camisa, corbata y bata blanca inmaculada con su nombre bordado a punto de cruz en el borde del bolsillo superior: «Dr. A.G. del R. Jefe de Sección de Cirugía de Aparato Digestivo». Apenas tapado el bajo vientre, yace sedado, despatarrado con los brazos en cruz recibiendo fluidos diversos por sus venas centrales canalizadas; multitud de cables de colores envían señales a los monitores que emiten luces parpadeantes y pitidos persuasivos. Está su escaso pelo alborotado y su faz pálida y desfigurada por el tubo traqueal; una máquina compleja, insufla sus pulmones que, obedientes, levantan rítmicamente su pecho plagado de adhesivos. Una bolsa adosada a los hierros de la cama recoge las abundantes orinas amarillas.
Mucha gente alrededor, médicos que consultan continuos resultados, enfermeras que inyectan, vigilan controles, miden parámetros, amigos y compañeros asombrados de ver la muerte, conocida pero más cercana esta vez. Los trazados señalan lesiones extensas del miocardio y el cateterismo se declara impotente para resolver tanto destrozo. Su signos cerebrales muestran vida y ausencia de estímulos dolorosos. Al parecer, su situación es estable. «Está en fase irreversible» comunica el responsable de Intensivos, «solo un transplante le daría una posibilidad, pero debería hacerse ya, va a entrar en insuficiencia de un momento a otro y, aún así, no descartamos que ya tenga lesiones cerebrales».
Su esposa e hijos se abrazan llenos de dolor y de perplejidad. Viven desde hace horas una pesadilla que no pueden, no saben manejar. Los colegas acompañan en silencio. «¿Qué hacemos?», pregunta acongojada su mujer. No hay tiempo para esperar un donante, pero, además, hay un serio inconveniente: Él había manifestado públicamente, en numerosas ocasiones, que rechazaba ser objeto de un transplante, especialmente en fase terminal. Había manifestado su “prohibición” de agotar innecesariamente los recursos terapéuticos llegado el caso. Todos opinamos y la familia opta por la única salida lógica: analgesia, sedación, ventilación pulmonar y ausencia de aportes. Y esperar a que el inexorable fallo cardíaco paralice su cerebro. Alguien apunta la oportunidad de desconectar la ventilación y acelerar la muerte, pero nadie se atreve a hacerlo ni a exigirlo.
Un anuncio rutinario irrumpe en la sala «hay un donante del mismo tipo; un joven fallecido en un accidente de moto, en Granada» Es un órdago a la grande, una oportunidad, un clavo ardiendo, una opción difícil de rechazar..., pero la decisión delegada del enfermo pesa como una losa. La opinión se divide y alguien arenga en favor de actuar «¿quién puede asegurar que, en esta situación, ahora mismo, el enfermo rechazaría esta posibilidad?». La mujer, abrumada, consiente en silencio, traicionando la voluntad de su esposo y asumiendo las consecuencias adversas.
Ahí está su corazón viejo, extirpado y mostrado en la batea. Su carne es una pura llaga, incompatible con la vida, parpadeando hasta el final. El nuevo, en cambio, late con el vigor de viente años en su pecho de cincuenta. Un postoperatorio difícil, incierto y doloroso para enfermo y familiares, pero, al cabo se produce el logro de la vida.

Hace unos días, después de casi veinte años del evento, se ha jubilado. Nunca ha censurado nuestra conducta, al contrario, muestra orgulloso y sin pudor la cicatriz desnuda de su torso en la publicidad callejera. Ahora pasea con su nieta por el parque y bendice cada día la vida que le da un corazón extraño que ha hecho suyo.

La “muerte digna” deseada, aplicada en este caso "desahuciado", hubiera privado de una vida. No hubiera importado porque nadie sabría que habríamos sido actores del suceso, pero casos como éste forjan huellas indelebles en la mente y en el alma de los médicos. Por eso, amigo lector, permítame decirle que, como médico, ofreceré toda mi voluntad y mi modesta pericia para dar vida pero no me busquen para facilitar la muerte. Es difícil que, a estas alturas de mi vida me obliguen a hacerlo pero, si lo intentan, desobedeceré la ley que me fuerza a desconectar una vida ajena. Prefiero la inhabilitación, incluso la cárcel y hacerle caso a mi conciencia.  

jueves, 3 de noviembre de 2011

¡Cabrones!

 Estaba tendido en la camilla aparentemente inconsciente. En su brazo, acribillado por pinchazos de la droga, figuraban tatuadas las siglas COPEL (colectivo de presos en lucha). Era un preso peligroso condenado a treinta años por violación y asesinato de una niña de once años.
Procedí a explorarlo y su respuesta fue salir bruscamente de su estado y atacarme de forma inesperada. La rápida actuación de los policías me libro de su violencia pero no de sus insultos y amenazas. Fue una auténtica odisea poder diagnosticarle un proceso agudo y disponer la intervención quirúrgica.
Su estancia hospitalaria fue un constante interferir negativamente en sus propios cuidados, amenazando al personal sanitario. Tuvimos que consentir, contra costumbre, la presencia policial permanentemente a su cabecera. Al alta, respiramos tranquilos sabiéndolo encarcelado.
Lo he recordado al conocer la expresión que se le ha escapado, sin querer, a una juez de la Audiencia Nacional en el juicio de unos etarras acusados de homicidio. Durante aquella operación, mientras pensaba en la niña violada y asesinada, a mí también se me escapó la misma exclamación: ¡Pedazo de cabrón! Sin embargo, empleé todo mi conocimiento y experiencia en proporcionarle a aquella alimaña humana la posibilidad de seguir viviendo su vida miserable.
Quiero argumentar así mi convencimiento de que los sentimientos de personas honestas y comprometidas con su deber social, como la juez, no impiden ejercer correctamente su cometido, actuando con la debida justicia y equidad.

Mi comprensión y apoyo para ella. Y a los etarras: ¡Pedazo de cabrones!, no os merecéis una justicia como la que os están proporcionando.   

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Muerte digna. Respuesta 1


 No sabemos cómo impacta en las personas el momento de la muerte. Nadie nos ha contado qué es lo que se siente en ese momento. Conocemos relatos de resurrecciones milagrosas pero de ninguna de ellas se derivan descripciones de lo que se siente al morir. Es verdad que circulan por ahí, con vitola de veracidad científica, “vivencias de muerte” experimentadas por individuos que, después de estar supuestamente muertos, regresaron a la vida por procedimientos médicos. Viendo en las UCIs de nuestros hospitales enfermos en coma inducido, con circulación y ventilación mecánicas, inconscientes y con sus voluntades entregadas, no es difícil aceptar que están muertos. Pero ésto no es así; exceptuando los cadáveres donantes a los que se asiste para preservar sus órganos —que no vuelven a vivir, por cierto—, la muerte en ellos es solo aparente pues conservan una actividad cerebral evidente. No se tiene constancia de que haya “resucitado” un paciente con un electroencefalograma plano (certificación oficial de muerte), señal inequívoca de ausencia de vida. Y las impresiones que describen al recuperar la conciencia no son más que recuerdos distorsionados de su estado crítico.
Por tanto, creo firmemente que todo lo que sabemos de la muerte es supuesto y, en consecuencia, todo lo que se diga al respecto es pura especulación. Especulemos, pues.

Nadie quiere morir. En mi larga vida profesional he visto morir a mucha gente —no acabo de acostumbrarme a ello— y nunca he presenciado una muerte deseada. Nunca. Al contrario, personas ya biológicamente amortizadas, sin perspectivas de vida, conscientes de ser un lastre para su entorno más próximo, las he visto suplicar que “haga todo lo esté en su mano pero no me deje morir”. Muchas eran creyentes, incluso religiosos de oficio, convencidos que les esperaba una vida mejor.
Me dirán que hay personas que declaran sin dramatismo que se han cansado de vivir y esperan tranquilamente o con cierta premura su propia muerte —he conocido alguna—, pero sospecho que lo hacen desde una perspectiva ajena a su inmediatez; tengo la impresión de que, en su subconsciente, derivan en el tiempo el evento aparentemente deseado, “dejarlo pa luego” para entendernos; me consta que alguno de ellos se ha derrumbado anímicamente en el momento final.
También es verdad que el suicido, como decisión voluntaria, es un argumento en contra, pero, en este caso —inapreciable en el cómputo global— se trata de una circunstancia excepcional en la que la voluntad del individuo está anulada o distorsionada por diversas causas.
Estoy seguro, pues, de que nadie “en su sano juicio” quiere morir. ¿Por qué?
Vértigo a dejar de existir. Conceptualmente, la vida es ser, existir, la única y extraordinaria oportunidad de sentir, de pensar, en toda su asombrosa extensión; la muerte es lo contrario, dejar de ser, de existir, definitivamente y para siempre. No es cierto que desconocemos ese “estado”, el no ser lo hemos experimentado ya antes de nacer, antes de ser concebido, antes de que existieran nuestros padres, cuando, tampoco entonces, “éramos nada”. Y, curiosamente, en la vida no sentimos miedo, temor, ni siquiera añoranza o aversión de cuando “no éramos”, ¿por qué tememos a la nada de la muerte si, igualmente, no seremos conscientes en esa nada? Porque ahora sí sabemos lo que perdemos, lo que dejamos atrás, la vida, el valor que tiene vivir aunque sea de forma trágica o miserable. Reconocemos la llegada de ese momento inexorable. No habrá más veces. Nada seremos ya. Y es la conciencia de se fin atávico lo que nos llena de congoja, de desesperación, de perplejidad, de miedo, de rechazo. Un sentimiento que nos lastra nuestra vida. Por eso, desde el comienzo de los tiempos, en todos los continentes, en todas las razas y culturas, el hombre ha buscado con ahínco, con vehemente necesidad la inmortalidad, la posibilidad de seguir existiendo, en cuerpo y alma, solo en espíritu, en su descendencia, en sus obras, aunque sea solo en un recuerdo pasajero; todo menos dejar de ser, desaparecer sin rastro en la nada.

Queremos seguir viviendo, no morir, y si esto no es posible, saber que tendremos otra oportunidad de vivir. Con nuestro cuerpo o atributos (resurrección de la carne) o sin ellos (reencarnación), conservando nuestra esencia, nuestro espíritu, nuestra alma. Y, en nuestra desesperación por lo evidente, buscamos cualquier atisbo de esperanza que nos libre de esa angustia vital que nos acosa. Nos convertimos así en presa fácil para caer, a veces con fanatismo, en la red de la fantasía consoladora o interesada, lo que llamamos fe, confianza en lo que dice otro. Necesitamos creer. Como dice la copla “ dime que me quieres, aunque sea mentira... pero dímelo”.

Soy agnóstico (de agnósis = desconocer), porque desconozco —al igual que todos los humanos— la gran inmensidad de lo divino ( divino = oculto), pero no necesito perderme en las infinitas galaxias, en los agujeros negros, en la antimateria o en la elongación del tiempo para observar las cosas extraordinarias que tengo a mi alrededor y poder asegurar que existe algo, responsable del diseño, único, lógico y perfecto, de la creación magistral e inimaginable y, sobre todo, de la finalidad de un conjunto cuya trascendencia supera nuestra humilde y limitada comprensión. En eso creo, soy creyente pues. Y es, precisamente, esta creencia la que me da pié para desautorizar a cualquier humano que pretenda no solo conocer y explicar este Gran Misterio, sino personalizarlo (a nuestra imagen) y atribuirle una magistratura judicial sobre una supuesta conducta moral con premios y castigos incluidos. A estos “sobrados”, más que lunáticos o inanes, los considero unos defraudadores de conciencias. Soy, pues, no solo contrario a cualquier religión (que no es más que eso) sino verbalmente beligerante ante cualquier intento de adoctrinamiento. En cambio, por razones distintas, soy respetuoso con los que profesan tales creencias a las que consideran el soporte vital de su existencia.
Y, en cierta manera, son afortunados al disponer de un dispositivo mental que le protege de su angustia, mientras que otros deben afrontar el vértigo a pecho descubierto. Afortunadamente, para los que necesitan un asidero que les lleve de la mano al no ser, la química farmacéutica les proporciona magníficos productos que son capaces de desconectarles la mente del abismo.


Es también habitual que el momento de morir se identifique con el sufrimiento que ocasiona la fase terminal de un proceso, corto o largo, que llamamos enfermedad mortal y que asociamos siempre al dolor, pero en la que no está ausente y es menos llamativo otro tipo de disconfort verdaderamente penoso (sensación de asfixia, percepciones vertiginosas, vómitos, frío, etc.). A pequeña escala, probablemente, todos lo hemos experimentado alguna vez, pero seguramente no con la insoportable intensidad que debe sufrirla el moribundo.
Actualmente, salvo los fallecimientos ocurridos fuera del alcance asistencial de un centro sanitario, la farmacología avanzada facilita una correcta atención de este cortejo sintomático, de tal manera que el poder de la analgesia y la inocuidad sedación profunda permiten, hoy día, desconectar física y psíquicamente al enfermo moribundo asegurando la ausencia de sufrimiento de forma indefinida.


Casi anteayer no era así, pero hoy se puede facilitar —en centros sanitarios, obviamente— al paciente moribundo la ausencia de dolor físico y psíquico en el tránsito de su propia muerte, y esperar pasivamente el desenlace siempre que haya convencimiento objetivo de la irreversibilidad e inexorabilidad del proceso y que esa sea la voluntad del muriente o los familiares responsables así lo manifiesten.
Lo que ocurre es que, a veces, los que asisten al lance, participando de la tragedia con su asombro, su perplejidad y su propio miedo, no toleran la prolongación de un tiempo que siempre se les hace eterno; les aborda el deseo de que el proceso termine cuanto antes para que el que está muriendo “descanse en paz”... y los demás también. Y es ese deseo, humano y natural, el que empuja a procurar que alguien —el médico, naturalmente— pase a la actitud activa y lo realice.
Se da la paradoja que la crítica despiadada ante una actuación “torturadora” también lo es para una actitud pasiva “negligente”, cuanto menos. No hay nadie que tenga un mínimo interés (aún menos el médico) en actuar de forma extemporánea e inútil y, mucho menos, perversamente creando, prolongando o intensificando el sufrimiento. Solo la afectación incontrolada o mentes retorcidas pueden pensar lo contrario.

Sin embargo, estos presupuestos son los que han decidido actuar legislando ¡nada menos que sobre la vida y la muerte! En nuestra soberbia nos vamos acercando a lo divino. Es verdad que la normativa se escuda en otra que, aunque perogrullada, tiene un enunciado aceptable: Cuidados paliativos. Hablemos primero de eso, pero... otro día.

miércoles, 26 de octubre de 2011

MUERTE DIGNA

Hay muertes apacibles, silenciosas, que sorprenden mientras se duerme; otras “elegantes”-como le oí a un médico-cuando, de pronto, el corazón niega sus latidos en un momento placentero de la vida cotidiana. Incluso hay muertes que, aun dentro de la tragedia, tienen tintes poéticos, como la de Edith Holden, naturalista, poetisa e ilustradora inglesa que se ahogó al caer al Támesis cuando intentaba alcanzar flores de castaño.

Pero él está inmóvil en una cama desde hace años ,conectado artificialmente a la vida. No habla, no reconoce a los suyos, no come y lo alimentan por una sonda nasogástrica que, más de una vez, él intenta arrancársela y, para evitarlo le vendan las manos con los dedos apiñados como un muñón.
**********************************************************************
La Ley de “Cuidados paliativos y Muerte Digna”, permite “sedaciones terminales para evitar que el sufrimiento del enfermo desahuciado se prolongue, aunque suponga acelerar su muerte”,siempre que haya consentimiento del enfermo.
El empeño en mantener con vida al desahuciado, por medios artificiales, es considerado “ensañamiento terapéutico” porque prolonga el sufrimiento
inútilmente. Si bien el término “ensañamiento” no me parece adecuado, estoy de acuerdo en el espíritu de la frase.
- Se establecen también las obligaciones del personal sanitario y la objeción, por parte de estos profesionales, será considerada delito.

Esta ley, suscita debates éticos, porque algunos ven en ella una “eutanasia encubierta”, contraria a sus creencias religiosas y prejuicios morales.

No obstante, hay diferencias notables:
-En la Ley de Muerte Digna, la eutanasia sigue siendo delito.
-No afecta a los enfermos de Alzheimer en una fase avanzada, y a los que padecen enfermedades degenerativas de total invalidez, aunque estos expresen su voluntad de morir.
-La eutanasia incluiría a estos enfermos sin posibilidad de recuperarse ni de vivir satisfactoriamente, que manifieste su firme deseo de morir.

El término eutanasia viene del griego; se define como “acción u omisión que acelera la muerte de un desahuciado, con el fin de evitar el sufrimiento”, cuando el enfermo dé su aprobación.

Hay mucho recelo en aceptar la eutanasia, por tres motivos:
1-Las creencias religiosas que atribuyen a dios la vida y la muerte.
2- El uso que los nazis hicieron, como “depuración de la raza”, asesinando a los discapacitados de todo tipo.
3- No siempre los enfermos están en condiciones de dar su consentimiento.

Algunas cuestiones de esta ley me suscitan dudas:
1-¿No necesitarían apoyo legal los enfermos mantenidos artificialmente con vida, sin esperanza de recuperación, y los que sufren enfermedades degenerativas de gran invalidez, para beneficiarse de la muerte digna?
2- ¿Se puede obligar a vivir a un enfermo, contra su voluntad?
3- ¿Puede considerarse delito la objeción del personal sanitario?

Ya sabemos que la objeción puede ser una estrategia de partidos políticos y organizaciones religiosas para boicotear la ley, pero, aun así, me cuesta
aceptar que objetar, por razones de conciencia, deba considerarse delito.

martes, 18 de octubre de 2011

Y después del 15O, ¿qué?


Y DESPUÉS DEL 15O, ¿QUÉ?

Escrito por Julia



Vivo, desde hace un año, en un pequeño pueblo de la sierra madrileña. Me instalé aquí pensando que con unos cuantos kilómetros de distancia podría alejar una ciudad que me incomoda, unos valores que detesto y conducirme a un caminar sereno, tranquilo y más acorde con mi filosofía actual. Gran error. Cuando hay hábitos arraigados, preguntas que requieren contestaciones; cuando el día a día te ha impuesto, a lo largo de los años,  determinadas acciones y pensamientos concretos, no hay distancia que pueda alejarlos; allá siguen acompañándote aunque habites en una gruta como eremita; y buscarás el periódico en el pueblo más cercano o meterás la nariz en él, a poco que te descuides, para saber como respiran sus habitantes.


Ayer, en mi paseo diario, estaba yo ensimismada con la lista de los quehaceres cotidianos, cuando un grupo de jóvenes (cerca de una veintena) llamó mi atención. Eran “indignados” preparados para la marcha conjunta en Madrid y, al contemplar su alegría y su unidad emocional tan compacta, no pude evitar pararme con el ánimo dispuesto a expresarles mi apoyo.

Próxima a ellos, pude distinguir las conversaciones que en nada se parecían a las que yo supuse.

Queridos tertulianos, soy de la generación posterior a la del 68, en la que cuatro jóvenes reunidos era un buen comienzo para una charla política, utópica y seria. Pertenezco a otra generación que esos jóvenes, la misma a la que ellos señalan como causa de los males que hoy aquejan a la sociedad a la que pertenecen. Y tienen razón, lo triste es que tienen razón; pero con ellos no van los dramas, y simultanean las peticiones con su “día a día”, con “¿has traído suficientes bocadillos?” o “Carlos no viene, ayer se cogió un pedo y está durmiendo”, con su realidad.

Pude ver una gran excitación y mucha emoción en ellos y, como dice Zygmunt Barman, “si la emoción es apta para destruir resulta especialmente inepta para construir nada. Las gentes de cualquier clase y condición se reúnen en las plazas y gritan los mismos eslóganes. Todos están de acuerdo en lo que rechazan, pero se recibirían 100 respuestas diferentes si se les interrogara por lo que desean”.
La emoción es (¿cómo no?) “líquida”. Hierve mucho pero también se evapora”.

Hoy, he leído periódicos y oído telediarios en los que se hablaba de los “indignados globales”; no he escuchado propuestas para partidos políticos que inicien su andadura con cualquier slogan de los que poblaban las manifestaciones, ni personas que quieran acomodar la oposición entre economía global y política nacional para hacerlas compatibles. Tampoco ninguna teoría sobre cómo equilibrar  la descompensación que arrasa las leyes y referencias locales para convertir la creciente globalización en una fuerza nefasta. Nada oí de qué hacer para que los políticos no sean marionetas, incompetentes o corruptos; no se habló de fórmulas para que los financieros se dediquen a su trabajo sin desestabilizar el mundo ni cómo obligarlos a que dejen la política y a los políticos.

Resumiendo: apenas oí que se hablase de algo importante que pudiera cambiar las condiciones actuales. Como en la reunión del pueblo donde vivo, veo mucho bocadillo, demasiada emoción y pocas cosas concretas. Ya tengo una cierta edad, puede que sea mi cerebro el que no es capaz de distinguir las últimas.

sábado, 8 de octubre de 2011

Acerca del 12 de octubre

El 12 de octubre de 1492 desembarcaron en la isla de Guahahaní los hombres que, comandados por Cristobal Colón, buscaban llegar a las Indias navegando hacia occidente.
En algún momento de la historia, fecha que desconozco, se decidió conmemorar en ese día el llamado Descubrimiento de América, que tal fue lo que sucedió desde el punto de vista de los europeos, que buscando las islas de las especias se encontraron con un continente nuevo para ellos, los aborígenes deben haberse sentido más bien invadidos.
Ha tenido esta día nombres distintos, como El día de la raza y El día de la hispanidad (cuando yo era niño se celebraba El Día de la Raza). Muy pronto tuvo problemas la alusión a la raza, desde que no quedó nunca y para nada claro de que raza se trataba, si  la que conquistó, la conquistada o la dispar mezcla de ambas.
El día de la hispanidad suena mejor, indudablemente, pero solo desde el punto de vista de los hispanos, o de los que, aunque americanos, prefieren sentirse más cerca de la hispanidad que de la herencia autóctona.
¿Pero que significa realmente hispanidad?, se supone que la definición es algo así como: «conjunto de naciones ligadas por una comunidad de intereses y subordinadas a una denominación común de hispanidad».
Desafortunadamente el celebrar el día de la hispanidad puede ser muy razonable para los españoles, pero es difícil que lo sea también para los americanos. No solo desde el punto de vista histórico y político, sabemos que la civilización que los expedicionarios de Colón y los que vinieron detrás trajeron, venía muy acompañada de una feroz intolerancia religiosa y una despiadada expoliación, sino también porque es imposible considerar a las etnias originarias dentro de ese concepto. Además, y para mayor tropiezo, no todo el continente americano fue colonizado por los españoles, por el Este el Tratado de Tordesillas le asignó una parte a Portugal y por el Norte la falta de recursos del desierto del Mojave desanimó aún a los más emprendedores españoles.
Así, en estricto rigor solamente la parte de América colonizada por los españoles y poblada por sus más o menos descendientes, podría acompañar a España en su celebrada hispanidad y quedarían fuera las Américas portuguesa, británica y francesa, que tienen su herencia propia.
Los pueblos originarios, que poco y nada tiene que agradecer a sus conquistadores y poco también a sus actuales descendientes, no debieran tener motivo alguno para celebrar el famoso día en que para su infortunio fueron descubiertos.
Se ha tratado de llevar las aguas de la hispanidad por el cauce de la lengua común, pero eso tampoco ha dado resultados, porque los hijos de la península no solo llegaron a América, sino también se asentaron en otras y distantes regiones del globo. Así, pueden reclamar algo de herencia hispana pueblos tan lejanos y dispares como son los filipinos y los guineanos, por ejemplo, pero ellos no fueron descubiertos por Colón.
Visto así, el día 12 de octubre solo tendría importancia para los españoles, que pueden celebrar tranquilamente el Día de la Hispanidad, puesto que son legitimamente hispanos, o el Día del Descubrimiento, que buen provecho obtuvieron de lo que descubrieron, pero es difícil que los americanos puedan celebrar algo, los del centro y el sur porque no pueden celebrar lo que les fue funesto y los del norte porque ellos fueron descubiertos primero por Leif Ericson y después por los ingleses, a los que jamás se les ha ocurrido la idea de celebrar el dia en que comenzaron a llegar a las costas de Virginia.
De modo que mientras en España se celebra La Fiesta Nacional, en los paises americanos se celebran, el mismo día, cosas tan dispares como El Día del descubrimientos de dos mundos, El Día de las Américas, El Día de Colón o el atroz Día de la Diversidad Cultural Americana. Es que, como sea, si se trata de un día festivo cualquier motivo sirve ¿y quién se atreve a quitarle un feriado al pueblo?.

Jenofonte