martes, 18 de octubre de 2011

Y después del 15O, ¿qué?


Y DESPUÉS DEL 15O, ¿QUÉ?

Escrito por Julia



Vivo, desde hace un año, en un pequeño pueblo de la sierra madrileña. Me instalé aquí pensando que con unos cuantos kilómetros de distancia podría alejar una ciudad que me incomoda, unos valores que detesto y conducirme a un caminar sereno, tranquilo y más acorde con mi filosofía actual. Gran error. Cuando hay hábitos arraigados, preguntas que requieren contestaciones; cuando el día a día te ha impuesto, a lo largo de los años,  determinadas acciones y pensamientos concretos, no hay distancia que pueda alejarlos; allá siguen acompañándote aunque habites en una gruta como eremita; y buscarás el periódico en el pueblo más cercano o meterás la nariz en él, a poco que te descuides, para saber como respiran sus habitantes.


Ayer, en mi paseo diario, estaba yo ensimismada con la lista de los quehaceres cotidianos, cuando un grupo de jóvenes (cerca de una veintena) llamó mi atención. Eran “indignados” preparados para la marcha conjunta en Madrid y, al contemplar su alegría y su unidad emocional tan compacta, no pude evitar pararme con el ánimo dispuesto a expresarles mi apoyo.

Próxima a ellos, pude distinguir las conversaciones que en nada se parecían a las que yo supuse.

Queridos tertulianos, soy de la generación posterior a la del 68, en la que cuatro jóvenes reunidos era un buen comienzo para una charla política, utópica y seria. Pertenezco a otra generación que esos jóvenes, la misma a la que ellos señalan como causa de los males que hoy aquejan a la sociedad a la que pertenecen. Y tienen razón, lo triste es que tienen razón; pero con ellos no van los dramas, y simultanean las peticiones con su “día a día”, con “¿has traído suficientes bocadillos?” o “Carlos no viene, ayer se cogió un pedo y está durmiendo”, con su realidad.

Pude ver una gran excitación y mucha emoción en ellos y, como dice Zygmunt Barman, “si la emoción es apta para destruir resulta especialmente inepta para construir nada. Las gentes de cualquier clase y condición se reúnen en las plazas y gritan los mismos eslóganes. Todos están de acuerdo en lo que rechazan, pero se recibirían 100 respuestas diferentes si se les interrogara por lo que desean”.
La emoción es (¿cómo no?) “líquida”. Hierve mucho pero también se evapora”.

Hoy, he leído periódicos y oído telediarios en los que se hablaba de los “indignados globales”; no he escuchado propuestas para partidos políticos que inicien su andadura con cualquier slogan de los que poblaban las manifestaciones, ni personas que quieran acomodar la oposición entre economía global y política nacional para hacerlas compatibles. Tampoco ninguna teoría sobre cómo equilibrar  la descompensación que arrasa las leyes y referencias locales para convertir la creciente globalización en una fuerza nefasta. Nada oí de qué hacer para que los políticos no sean marionetas, incompetentes o corruptos; no se habló de fórmulas para que los financieros se dediquen a su trabajo sin desestabilizar el mundo ni cómo obligarlos a que dejen la política y a los políticos.

Resumiendo: apenas oí que se hablase de algo importante que pudiera cambiar las condiciones actuales. Como en la reunión del pueblo donde vivo, veo mucho bocadillo, demasiada emoción y pocas cosas concretas. Ya tengo una cierta edad, puede que sea mi cerebro el que no es capaz de distinguir las últimas.