sábado, 5 de noviembre de 2011

La dignidad de vivir

 La noticia corrió como la pólvora por el hospital «¡Al doctor G. le ha dado un infarto miocárdico estando de guardia!». Cirujano como yo, de mi mismo servicio quirúrgico, de cincuenta y pocos años, casado y con dos hijos. No deportista, ni fumador pero con diabetes de la madurez irregularmente controlada.
Impresiona verlo encamado en la UCI. Nada que ver con su porte elegante, camisa, corbata y bata blanca inmaculada con su nombre bordado a punto de cruz en el borde del bolsillo superior: «Dr. A.G. del R. Jefe de Sección de Cirugía de Aparato Digestivo». Apenas tapado el bajo vientre, yace sedado, despatarrado con los brazos en cruz recibiendo fluidos diversos por sus venas centrales canalizadas; multitud de cables de colores envían señales a los monitores que emiten luces parpadeantes y pitidos persuasivos. Está su escaso pelo alborotado y su faz pálida y desfigurada por el tubo traqueal; una máquina compleja, insufla sus pulmones que, obedientes, levantan rítmicamente su pecho plagado de adhesivos. Una bolsa adosada a los hierros de la cama recoge las abundantes orinas amarillas.
Mucha gente alrededor, médicos que consultan continuos resultados, enfermeras que inyectan, vigilan controles, miden parámetros, amigos y compañeros asombrados de ver la muerte, conocida pero más cercana esta vez. Los trazados señalan lesiones extensas del miocardio y el cateterismo se declara impotente para resolver tanto destrozo. Su signos cerebrales muestran vida y ausencia de estímulos dolorosos. Al parecer, su situación es estable. «Está en fase irreversible» comunica el responsable de Intensivos, «solo un transplante le daría una posibilidad, pero debería hacerse ya, va a entrar en insuficiencia de un momento a otro y, aún así, no descartamos que ya tenga lesiones cerebrales».
Su esposa e hijos se abrazan llenos de dolor y de perplejidad. Viven desde hace horas una pesadilla que no pueden, no saben manejar. Los colegas acompañan en silencio. «¿Qué hacemos?», pregunta acongojada su mujer. No hay tiempo para esperar un donante, pero, además, hay un serio inconveniente: Él había manifestado públicamente, en numerosas ocasiones, que rechazaba ser objeto de un transplante, especialmente en fase terminal. Había manifestado su “prohibición” de agotar innecesariamente los recursos terapéuticos llegado el caso. Todos opinamos y la familia opta por la única salida lógica: analgesia, sedación, ventilación pulmonar y ausencia de aportes. Y esperar a que el inexorable fallo cardíaco paralice su cerebro. Alguien apunta la oportunidad de desconectar la ventilación y acelerar la muerte, pero nadie se atreve a hacerlo ni a exigirlo.
Un anuncio rutinario irrumpe en la sala «hay un donante del mismo tipo; un joven fallecido en un accidente de moto, en Granada» Es un órdago a la grande, una oportunidad, un clavo ardiendo, una opción difícil de rechazar..., pero la decisión delegada del enfermo pesa como una losa. La opinión se divide y alguien arenga en favor de actuar «¿quién puede asegurar que, en esta situación, ahora mismo, el enfermo rechazaría esta posibilidad?». La mujer, abrumada, consiente en silencio, traicionando la voluntad de su esposo y asumiendo las consecuencias adversas.
Ahí está su corazón viejo, extirpado y mostrado en la batea. Su carne es una pura llaga, incompatible con la vida, parpadeando hasta el final. El nuevo, en cambio, late con el vigor de viente años en su pecho de cincuenta. Un postoperatorio difícil, incierto y doloroso para enfermo y familiares, pero, al cabo se produce el logro de la vida.

Hace unos días, después de casi veinte años del evento, se ha jubilado. Nunca ha censurado nuestra conducta, al contrario, muestra orgulloso y sin pudor la cicatriz desnuda de su torso en la publicidad callejera. Ahora pasea con su nieta por el parque y bendice cada día la vida que le da un corazón extraño que ha hecho suyo.

La “muerte digna” deseada, aplicada en este caso "desahuciado", hubiera privado de una vida. No hubiera importado porque nadie sabría que habríamos sido actores del suceso, pero casos como éste forjan huellas indelebles en la mente y en el alma de los médicos. Por eso, amigo lector, permítame decirle que, como médico, ofreceré toda mi voluntad y mi modesta pericia para dar vida pero no me busquen para facilitar la muerte. Es difícil que, a estas alturas de mi vida me obliguen a hacerlo pero, si lo intentan, desobedeceré la ley que me fuerza a desconectar una vida ajena. Prefiero la inhabilitación, incluso la cárcel y hacerle caso a mi conciencia.