miércoles, 2 de noviembre de 2011

Muerte digna. Respuesta 1


 No sabemos cómo impacta en las personas el momento de la muerte. Nadie nos ha contado qué es lo que se siente en ese momento. Conocemos relatos de resurrecciones milagrosas pero de ninguna de ellas se derivan descripciones de lo que se siente al morir. Es verdad que circulan por ahí, con vitola de veracidad científica, “vivencias de muerte” experimentadas por individuos que, después de estar supuestamente muertos, regresaron a la vida por procedimientos médicos. Viendo en las UCIs de nuestros hospitales enfermos en coma inducido, con circulación y ventilación mecánicas, inconscientes y con sus voluntades entregadas, no es difícil aceptar que están muertos. Pero ésto no es así; exceptuando los cadáveres donantes a los que se asiste para preservar sus órganos —que no vuelven a vivir, por cierto—, la muerte en ellos es solo aparente pues conservan una actividad cerebral evidente. No se tiene constancia de que haya “resucitado” un paciente con un electroencefalograma plano (certificación oficial de muerte), señal inequívoca de ausencia de vida. Y las impresiones que describen al recuperar la conciencia no son más que recuerdos distorsionados de su estado crítico.
Por tanto, creo firmemente que todo lo que sabemos de la muerte es supuesto y, en consecuencia, todo lo que se diga al respecto es pura especulación. Especulemos, pues.

Nadie quiere morir. En mi larga vida profesional he visto morir a mucha gente —no acabo de acostumbrarme a ello— y nunca he presenciado una muerte deseada. Nunca. Al contrario, personas ya biológicamente amortizadas, sin perspectivas de vida, conscientes de ser un lastre para su entorno más próximo, las he visto suplicar que “haga todo lo esté en su mano pero no me deje morir”. Muchas eran creyentes, incluso religiosos de oficio, convencidos que les esperaba una vida mejor.
Me dirán que hay personas que declaran sin dramatismo que se han cansado de vivir y esperan tranquilamente o con cierta premura su propia muerte —he conocido alguna—, pero sospecho que lo hacen desde una perspectiva ajena a su inmediatez; tengo la impresión de que, en su subconsciente, derivan en el tiempo el evento aparentemente deseado, “dejarlo pa luego” para entendernos; me consta que alguno de ellos se ha derrumbado anímicamente en el momento final.
También es verdad que el suicido, como decisión voluntaria, es un argumento en contra, pero, en este caso —inapreciable en el cómputo global— se trata de una circunstancia excepcional en la que la voluntad del individuo está anulada o distorsionada por diversas causas.
Estoy seguro, pues, de que nadie “en su sano juicio” quiere morir. ¿Por qué?
Vértigo a dejar de existir. Conceptualmente, la vida es ser, existir, la única y extraordinaria oportunidad de sentir, de pensar, en toda su asombrosa extensión; la muerte es lo contrario, dejar de ser, de existir, definitivamente y para siempre. No es cierto que desconocemos ese “estado”, el no ser lo hemos experimentado ya antes de nacer, antes de ser concebido, antes de que existieran nuestros padres, cuando, tampoco entonces, “éramos nada”. Y, curiosamente, en la vida no sentimos miedo, temor, ni siquiera añoranza o aversión de cuando “no éramos”, ¿por qué tememos a la nada de la muerte si, igualmente, no seremos conscientes en esa nada? Porque ahora sí sabemos lo que perdemos, lo que dejamos atrás, la vida, el valor que tiene vivir aunque sea de forma trágica o miserable. Reconocemos la llegada de ese momento inexorable. No habrá más veces. Nada seremos ya. Y es la conciencia de se fin atávico lo que nos llena de congoja, de desesperación, de perplejidad, de miedo, de rechazo. Un sentimiento que nos lastra nuestra vida. Por eso, desde el comienzo de los tiempos, en todos los continentes, en todas las razas y culturas, el hombre ha buscado con ahínco, con vehemente necesidad la inmortalidad, la posibilidad de seguir existiendo, en cuerpo y alma, solo en espíritu, en su descendencia, en sus obras, aunque sea solo en un recuerdo pasajero; todo menos dejar de ser, desaparecer sin rastro en la nada.

Queremos seguir viviendo, no morir, y si esto no es posible, saber que tendremos otra oportunidad de vivir. Con nuestro cuerpo o atributos (resurrección de la carne) o sin ellos (reencarnación), conservando nuestra esencia, nuestro espíritu, nuestra alma. Y, en nuestra desesperación por lo evidente, buscamos cualquier atisbo de esperanza que nos libre de esa angustia vital que nos acosa. Nos convertimos así en presa fácil para caer, a veces con fanatismo, en la red de la fantasía consoladora o interesada, lo que llamamos fe, confianza en lo que dice otro. Necesitamos creer. Como dice la copla “ dime que me quieres, aunque sea mentira... pero dímelo”.

Soy agnóstico (de agnósis = desconocer), porque desconozco —al igual que todos los humanos— la gran inmensidad de lo divino ( divino = oculto), pero no necesito perderme en las infinitas galaxias, en los agujeros negros, en la antimateria o en la elongación del tiempo para observar las cosas extraordinarias que tengo a mi alrededor y poder asegurar que existe algo, responsable del diseño, único, lógico y perfecto, de la creación magistral e inimaginable y, sobre todo, de la finalidad de un conjunto cuya trascendencia supera nuestra humilde y limitada comprensión. En eso creo, soy creyente pues. Y es, precisamente, esta creencia la que me da pié para desautorizar a cualquier humano que pretenda no solo conocer y explicar este Gran Misterio, sino personalizarlo (a nuestra imagen) y atribuirle una magistratura judicial sobre una supuesta conducta moral con premios y castigos incluidos. A estos “sobrados”, más que lunáticos o inanes, los considero unos defraudadores de conciencias. Soy, pues, no solo contrario a cualquier religión (que no es más que eso) sino verbalmente beligerante ante cualquier intento de adoctrinamiento. En cambio, por razones distintas, soy respetuoso con los que profesan tales creencias a las que consideran el soporte vital de su existencia.
Y, en cierta manera, son afortunados al disponer de un dispositivo mental que le protege de su angustia, mientras que otros deben afrontar el vértigo a pecho descubierto. Afortunadamente, para los que necesitan un asidero que les lleve de la mano al no ser, la química farmacéutica les proporciona magníficos productos que son capaces de desconectarles la mente del abismo.


Es también habitual que el momento de morir se identifique con el sufrimiento que ocasiona la fase terminal de un proceso, corto o largo, que llamamos enfermedad mortal y que asociamos siempre al dolor, pero en la que no está ausente y es menos llamativo otro tipo de disconfort verdaderamente penoso (sensación de asfixia, percepciones vertiginosas, vómitos, frío, etc.). A pequeña escala, probablemente, todos lo hemos experimentado alguna vez, pero seguramente no con la insoportable intensidad que debe sufrirla el moribundo.
Actualmente, salvo los fallecimientos ocurridos fuera del alcance asistencial de un centro sanitario, la farmacología avanzada facilita una correcta atención de este cortejo sintomático, de tal manera que el poder de la analgesia y la inocuidad sedación profunda permiten, hoy día, desconectar física y psíquicamente al enfermo moribundo asegurando la ausencia de sufrimiento de forma indefinida.


Casi anteayer no era así, pero hoy se puede facilitar —en centros sanitarios, obviamente— al paciente moribundo la ausencia de dolor físico y psíquico en el tránsito de su propia muerte, y esperar pasivamente el desenlace siempre que haya convencimiento objetivo de la irreversibilidad e inexorabilidad del proceso y que esa sea la voluntad del muriente o los familiares responsables así lo manifiesten.
Lo que ocurre es que, a veces, los que asisten al lance, participando de la tragedia con su asombro, su perplejidad y su propio miedo, no toleran la prolongación de un tiempo que siempre se les hace eterno; les aborda el deseo de que el proceso termine cuanto antes para que el que está muriendo “descanse en paz”... y los demás también. Y es ese deseo, humano y natural, el que empuja a procurar que alguien —el médico, naturalmente— pase a la actitud activa y lo realice.
Se da la paradoja que la crítica despiadada ante una actuación “torturadora” también lo es para una actitud pasiva “negligente”, cuanto menos. No hay nadie que tenga un mínimo interés (aún menos el médico) en actuar de forma extemporánea e inútil y, mucho menos, perversamente creando, prolongando o intensificando el sufrimiento. Solo la afectación incontrolada o mentes retorcidas pueden pensar lo contrario.

Sin embargo, estos presupuestos son los que han decidido actuar legislando ¡nada menos que sobre la vida y la muerte! En nuestra soberbia nos vamos acercando a lo divino. Es verdad que la normativa se escuda en otra que, aunque perogrullada, tiene un enunciado aceptable: Cuidados paliativos. Hablemos primero de eso, pero... otro día.